Ya conocemos la crónica de la madrugada del 14 de febrero: sicarios rentaron un Airbnb cerca del bar La Sala de Despecho, en Angelópolis, y dispararon. El saldo: tres muertos y varios heridos.
El sábado comenzó el juego de las especulaciones. Algunos medios, en su afán de protagonismo, sostuvieron la narrativa de una “confusión”, ignorando las declaraciones oficiales sobre la planeación del crimen. ¿Sus fuentes? Solo ellos las conocen.
Ahí no terminó el despropósito. Esos mismos medios —e influencers o mercadólogos disfrazados de periodistas en TikTok— señalaron por la noche a una de las víctimas como traficante de estupefacientes. Sin rigor, dieron un giro de 180 grados: “siempre no fue confusión; resulta que vendía sustancias ilícitas”.
Inundaron WhatsApp con el audio de una mujer que se identificaba simplemente como “madre de un joven del Colegio Americano”. ¿Corroboraron su identidad? ¿Hablaron con ella? Al parecer, no. Dieron por bueno el relato porque lo importante era “decirlo primero”. Al revelar el nombre del supuesto dealer, ignoraron el impacto en su familia y allegados. Jamás buscaron una contraparte; prefirieron el clickbait sobre la ética.
Es irónico: son los mismos que se rasgan las vestiduras contra las fake news.
¿En qué momento se jodió todo esto?
Hace no mucho, en una redacción seria, el rigor obligaba a cruzar datos antes de publicar. Esos años del periodismo de cepa se hundieron como el Titanic. Hoy, la sociedad poblana está conmocionada porque en esa esquina, en ese bar, pudo haber estado cualquiera.
Todo por un maldito like o un RT.
Puebla ha sido rebasada. Esto no es especulación: es un juicio basado en hechos. Sicarios operando con logística de plataforma, armas y ejecución directa. Nos dejan despechados, sin aire y sin guía. Porque ese sí fue un hecho. A menos que quieran cambiar la narrativa.
Una línea de investigación elemental partiría del rastro digital y financiero del Airbnb: ¿quién reservó y con qué tarjeta? Otra, la más profunda: ¿quién contrató y por qué? Y una tercera, casi antropológica: ¿qué lleva a alguien en Puebla a perder los escrúpulos y convertirse en sicario a sangre fría? Los celulares de las víctimas y victimarios.
Un buen periodista espera, mide y va con toda la información bien amarrada, no se pierde en el mar del time line.
Podríamos sumar una línea más sobre la crisis del periodismo poblano, pero sería entrar en camisa de once varas. Entre filtraciones de domicilios, nombres de heridos y especulaciones sobre preferencias sexuales para sugerir “móviles pasionales”, la ética se perdió a tontas y a locas.
En realidad, esto ya se jodió.

