(Este texto fue leÃdo en la presentación especial del Dossier Cultural El Minutero en la Fenali 39 de la BUAP)
Dedicado a VÃctor Baca, Mario Martell y toda su pandilla
Los suplementos culturales son el último reducto de la rebeldÃa. Son, en esencia, espacios no de promoción, sino de debate de ideas. No sirven para agradar ni para aplaudir como focas; no son niños cantores que, de manera uniforme, emiten las notas del cancionero público —federal, estatal o municipal—. No dependen de órdenes de pautado en redes sociales ni viven a la expectativa del like, del clickbait o de convertirse en influencers de comida que hablan bien de cualquier fonda para que los chilaquiles les salgan gratis.
Son espacios que pueden agradar por el simple placer de ser agradables, o incomodar porque obligan a pensar, disentir, coincidir o reflexionar.
Cuando empecé en el oficio de tundir teclas, el área cultural en Puebla se asignaba a un reportero que, en el mejor de los casos, era egresado del Colegio de Letras; pero muchas veces se le encargaba a la misma persona que cubrÃa sociales y espectáculos. En muchos espacios periodÃsticos —no en todos, afortunadamente— era tratada como información de relleno: enviada al final, pocas veces con llamado en portada. Siempre al final.
No fue asà en todos los casos. Hubo publicaciones que se arriesgaron: SÃntesis y sus subterráneos; Intolerancia, que durante años proyectó suplementos de poesÃa, cuento y ensayo. Hoy, el diario Hipócrita Lector da difusión a suplementos cientÃficos, gastronómicos y literarios. Debo decir que Mercurio Volante, coordinado por Carlos Chimal, es imperdible.
Y existen apuestas verdaderamente heroicas, como la revista Physios de José Castañares, quien le ha apostado a la difusión cientÃfica. En estos tiempos, esas aventuras son dignas de admiración y reconocimiento.
No obstante, en la mayorÃa de los casos, los directores y dueños de medios locales no quisieron dar espacios de difusión cultural. Se entiende: no deja para el convenio de publicidad. La mayorÃa de los polÃticos no lee, no escucha, no ve. Son grandes consumidores de columnas polÃticas y de adulaciones, pero no de poesÃa, novela, cuento o ensayo. En estos espacios no se destapan candidatos, no se ataca a enemigos, no se posiciona a nadie para puestos de elección popular. No dan dividendos. No generan likes, y los bots y troles son muy limitados para seguirlos.
He escuchado a consultores polÃticos —algunos, por cierto, autores de libros escritos con inteligencia artificial— afirmar sin rubor que los medios van a desaparecer. Citan el informe del Instituto Reuters para decir que la televisión, la radio y la prensa están por los suelos, y que lo de hoy es Instagram, YouTube y Facebook. Algunos lo dicen porque ese es su verdadero deseo: tener medios dóciles y consumidores alineados, incapaces de opinar, disentir, criticar o corregir. Y si eso piensan de los medios tradicionales, no quiero imaginar lo que opinan de los suplementos culturales.
Nuestra lucha como reporteros, editores, directores y dueños es plantarles cara. Demostrar que la creatividad no es un algoritmo, que el derecho de autor no es un prompt y que la inteligencia artificial es eso: artificial.
No está hecha de errores, de hÃgado, de sangre, de venas; de cirrosis, gastritis o colitis; de ansiedades, sudores, dedazos, correcciones y autocorrecciones; de odios, amores y anhelos.
La idea de El Minutero fue de VÃctor Baca
Un dÃa cualquiera recibà una llamada. En ese momento dirigÃa editorialmente la publicación local del periódico 24 Horas. CoincidÃa un aniversario de López Velarde —no recuerdo si su nacimiento o su muerte; el primero fue el 15 de junio y el segundo el 19, asà que supongamos que fue un 17 para no pelear con las fechas—. Baca me propuso hacer un suplemento llamado El Minutero, inspirado en el nombre del diario y en López Velarde.
Desde siempre he admirado los suplementos. Me encantan porque, cuando están bien hechos, tienen mejor calidad en diseño e ilustración. Son, en esencia, la crème de la crème del periódico.
Se lo planteé al dueño de la marca en Puebla —cuyo nombre prefiero no recordar— y su respuesta fue simple: «¿se puede conseguir quien lo patrocine?». Lo comenté también con editores en México y la respuesta fue similar. Entonces me arremangué: si soy director, dueño, contador, secretario, conserje, cuida coches, chofer y cargador de Revista 360 Grados, lo llevamos ahÃ.
Y aquà estamos.
El Minutero es un espacio que amo y admiro. Es un privilegio compartir páginas con sus autores. Los suplementos culturales son reductos de rebeldÃa: le plantan cara al clickbait, enfrentan a un sistema que pretende hacer del ser humano una herramienta de la inteligencia artificial, y no al revés. Son espacios de análisis, de emociones, de anhelos. Espacios humanos, hechos por humanos. No por ceros y unos.
¿Qué pasa cuando la literatura rompe la lógica? ✨ Este dossier de El Minutero recorre el surrealismo, la memoria y la identidad con voces que incomodan y fascinan. Una invitación a leer distinto y sentir más en Revista 360 Grados 📖https://t.co/4xcJ7kfLkf pic.twitter.com/ukhKEERTpZ
— Revista 360 Grados (@revista360) March 21, 2026
El Minutero surgió como nacen las buenas ideas: con una llamada telefónica, una conversación, una propuesta. Y aquà está: presente en la Feria Nacional del Libro de la BUAP, en la casa de estudios más importante del estado. No podrÃa ser de otra manera.
Como aquella estación de radio en el 6.20, El Minutero llegó para quedarse. Es un espacio hermano de esta revista. Y solo tengo agradecimiento a sus creadores por confiar en mÃ.