Por Gabriel GarcÃa Márquez (Publicado originalmente el 22 de febrero de 1984)
Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde ParÃs porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habÃamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.
A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se habÃa introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendÃa conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolonga hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabÃa medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creÃbles, que culminó con las primeras luces en una apologÃa homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidarÃamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.
Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difÃciles: La noche de Mantequilla Nápoles. Es la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estarÃa vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogÃa para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardÃn iluminado, entre la cual habÃa de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aun para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentÃa y le dolÃan los golpes que recibÃa Mantequilla Nápoles en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar habÃa logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querÃan decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecÃa levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecÃa de este mundo.
Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definÃan. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen, sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenÃa algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer.
Desde el primer momento, a fines del otoño triste de 1956, en un café de ParÃs con nombre inglés, adonde él solÃa ir de vez en cuando a escribir en una mesa del rincón, como Jean Paul Sartre lo hacÃa a trescientos metros de allÃ, en un cuaderno de escolar y con una pluma fuente de tinta legÃtima que manchaba los dedos. Yo habÃa leÃdo Bestiario, su primer libro de cuentos, en un hotel de paso de Barranquilla donde dormÃa por un peso con cincuenta centavos, entre peloteros mal pagados y putas felices, y desde la primera página me di cuenta de que aquél era un escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande. Alguien me dijo en ParÃs que él escribÃa en el café Old Navy, del Boulevard Saint Germain, y allà lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podÃa imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecÃa la sotana de un viudo, y tenÃa los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrÃan podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.
Años después, cuando ya éramos amigos, creà volver a verlo como lo vi aquel dÃa, pues me parece que se recreó a sà mismo en uno de sus cuentos mejor acabados -El otro cielo-, en el personaje de un latinoamericano sin nombre que asistÃa de puro curioso a las ejecuciones en la guillotina. Como si lo hubiera hecho frente a un espejo, Cortázar lo describió asÃ: «TenÃa una expresión distante y a la vez curiosamente fija, la cara de alguien que se ha inmovilizado en un momento de su sueño y rehúsa dar el paso que lo devolverá a la vigilia». Su personaje andaba envuelto en una hopalanda negra y larga, como el abrigo del propio Cortázar cuando lo vi por primera vez, pero el narrador no se atrevÃa a acercársele para preguntarle su origen, por temor a la frÃa cólera con que él mismo hubiera recibido una interpelación semejante. Lo raro es que yo tampoco me habÃa atrevido a acercarme a Cortázar aquella tarde del Old Navy, y por el mismo temor. Lo vi escribir durante más de una hora, sin una pausa para pensar, sin tomar nada más que medio vaso de agua mineral, hasta que empezó a oscurecer en la calle y guardó la pluma en el bolsillo y salió con el cuaderno debajo del brazo como el escolar más alto y más flaco del mundo. En las muchas veces que n os vimos años después, lo único que habÃa cambiado en él era la barba densa y oscura, pues hasta hace apenas dos semanas parecÃa cierta la leyenda de que era inmortal, porque nunca habÃa dejado de crecer y se mantuvo siempre en la misma edad con que habÃa nacido. Nunca me atrevà a preguntarle si era verdad, como tampoco le conté que en el otoño triste de 1956 lo habÃa visto, sin atreverme a decirle nada, en su rincón del Old Navy, y sé que dondequiera que esté ahora estará mentándome la madre por mi timidez.
Los Ãdolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo. Sin embargo, me atrevo a pensar que si los muertos se mueren, Cortázar debe estarse muriendo otra vez de vergüenza por la consternación mundial que ha causado su muerte. Nadie le temÃa más que él, ni en la vida real ni en los libros, a los honores póstumos y a los fastos funerarios. Más aún: siempre pensé que la muerte misma le parecÃa indecente. En alguna parte de La vuelta al dÃa en ochenta mundos un grupo de amigos no puede soportar la risa ante la evidencia de que un amigo común ha incurrido en la ridiculez de morirse. Por eso, porque lo conocà y lo quise tanto, me resisto a participar en los lamentos y elegÃas por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo querÃa, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegrÃa entrañable de haberlo conocido, y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo.