Jorge Estefan Chidiac ha regresado del Mictlán. Una foto de una comida en el CIS con el gobernador Alejandro Armenta Mier —celebrada el pasado sábado y con más retuits que explicaciones— lo coloca, otra vez, en el ojo del buen observador.
Durante dos años desapareció de la esfera pública, y mucha tinta corrió sobre una posible ruptura con el gobernador Armenta, una vez que este último ganó los comicios constitucionales en junio de 2024.
Posteriormente, cuando esta administración anunció una auditoría a la SEP por plazas que, supuestamente, se entregaron de manera irregular durante la gestión de Estefan al frente de la dependencia, se abrieron múltiples lecturas —ciertas o no— sobre un distanciamiento entre el actual gobernador y uno de los personajes más cercanos a Sergio Salomón Céspedes Peregrina.
Lógicamente, tanto Armenta como Estefan negarán cualquier ruptura. Lo natural es que el verdadero dueño del Partido Verde en Puebla salga a decir que, durante esos dos años, se retiró a la montaña, revisó sus negocios, atendió asuntos familiares y que, bueno, no iba a negarle una invitación a comer al hombre más importante del estado.
¿Hubo ruptura? Solo ellos dos lo saben. Lo demás es narrativa que suele maquillarse con gaslighting. Pero conviene recordar aquella frase atribuida a Miguel Barbosa Huerta: “la política es un tema de encuentros y desencuentros”. Así funciona: une, separa y, cuando conviene, vuelve a unir.
Algo admirable en Estefan Chidiac es que no es la primera vez que conoce el Mictlán. Ya ha descendido antes al inframundo y siempre resurge. Cuando gobernaba Guillermo Pacheco Pulido fue su secretario de Finanzas; sin embargo, tras la llegada de Miguel Barbosa al poder, fue expulsado del paraíso. Incluso, en una entrevista que le concedió al periodista Arturo Luna en Televisa, el entonces mandatario llegó a hablar de un presunto desfalco.
Después, Barbosa recapituló —o, mejor dicho, reculó (usted ya sabe quiénes son los que reculan)— y las acusaciones, junto con las grillas, se le cargaron a Fernando Manzanilla, quien no tuvo más opción que replegarse y apoyar a Ignacio Mier Velasco.
Estefan se reconstruyó. Regresó al Congreso del estado, se alió con Sergio Salomón Céspedes y operó para que los diputados votaran por él como gobernador sustituto, tras la muerte de Barbosa en diciembre de 2022. Fue uno de los hombres más cercanos en ese breve gobierno y, de facto —no de iure—, se convirtió en el dueño del Partido Verde en Puebla. Todo marchaba bien… hasta que desapareció de la escena pública.
Una parte de la prensa lo señaló con el dedo juzgador; otra, en cambio, lo defendió. Lo cierto es que no se le vio activo sino hasta el sábado pasado, cuando volvió a emerger del Mictlán. Si algo define a Estefan Chidiac es su capacidad para sobrevivir a todas las eras: cuando no está en el gobierno, ocupó posiciones relevantes partidistas.
Conoce muy bien el dominó y tiende a leer las fichas de sus oponentes.
Algo debe saber hacer, porque en tiempos electorales siempre es llamado a la caja de bateo. Hay quien ya lo ve en la boleta para una diputación federal. Hábil como es —y con los recursos económicos que tiene—, no sería extraño verlo nuevamente en movimiento en los próximos días.
La política, como decía el difunto Barbosa después de todo, es un juego de encuentros y desencuentros. Y, al menos en Puebla, a nadie se le puede dar por muerto.
Adendum
Por lo pronto, las auditorías a la SEP pueden respirar tranquilas. Ya todos nos perdonamos.