El milagro de la basura: cómo los Abed hicieron pan… y millones
La familia Abed ha sido una de las grandes favorecidas del viejo régimen prianista en la historia reciente de Puebla. Durante el mandato de Manuel Bartlett Díaz se adjudicaron un tramo del Periférico Ecológico; con Rafael Cañedo Benítez obtuvieron la joya maloliente de la corona: la concesión de la basura y el relleno sanitario de Chiltepeque. Pero el verdadero punto de quiebre llegó con Rafael Moreno Valle, quien les otorgó el contrato que marcó el cenit de su ascenso empresarial: el CIS Angelópolis.
Más allá de colores partidistas y discursos reciclados, el dato duro es este: los Abed convirtieron el manejo de residuos en un negocio multimillonario que mantiene al municipio de Puebla y su zona conurbada como rehenes contractuales desde hace tres décadas. Un monopolio construido a base de renovaciones oportunas, fórmulas creativas de pago y gobiernos dóciles.
Hace unos días, el periodista Ricardo Morales Sánchez, en el portal Primera Plana Puebla, narró con precisión quirúrgica el “milagro” financiero de esta historia: basura convertida en oro, lixiviados transformados en utilidades y camiones recolectores operando como camiones de valores. Una versión moderna —y presupuestal— del relato bíblico de los panes y los peces.
Tomando como base lo publicado y dada su importancia, digamos que el origen del imperio remite a 1994. Ese año, durante el gobierno estatal de Bartlett, el entonces alcalde Rafael Cañedo Benítez otorgó la concesión por 15 años. Nada extraordinario… hasta que llegó 2008. Un año antes del vencimiento, la entonces alcaldesa Blanca Alcalá amplió el contrato y modificó la fórmula de pago en favor de la empresa. El truco clásico: renovar antes de que el contrato huela a descomposición administrativa. Ironías del destino, hablando de residuos sólidos y vapores de lixiviado.
Renovaciones de contratos y ampliaciones polémicas
La escena más polémica se escribió en 2022. La administración de Eduardo Rivera Pérez amarró el futuro de la capital al otorgar una extensión que, entre renovaciones y ampliaciones acumuladas, amarra el negocio hasta 2037, con incrementos anuales de hasta 9 por ciento y con la puerta abierta a aumentos adicionales “por acuerdo mutuo”.
Hoy, el relleno sanitario, con cerca de 70 hectáreas en terrenos ejidales al sur de la ciudad, en las inmediaciones de Santo Tomás Chautla, dejó de ser infraestructura ambiental y pasó a convertirse en una bóveda financiera con moscas. Un banco al aire libre custodiado por camiones recolectores.
Ayer por la mañana, habitantes de la zona volvieron a denunciar que Chiltepeque opera como foco de infección y amenaza sanitaria. Pero cuando cerró el relleno de San Andrés Calpan, el negocio no se detuvo: se expandió.
Ocho municipios más comenzaron a enviar sus residuos: San Pedro, San Andrés y Santa Isabel Cholula, además de Amozoc, Cuautlancingo, Huejotzingo, Santa Clara Ocoyucan y Coronango.
Y el portafolio no termina ahí. En 2012, los Abed obtuvieron la concesión del CIS Angelópolis bajo el esquema de Asociación Público-Privada: una carga que hoy se reconoce superior a los 4,350 millones de pesos garantizados por contrato hasta el 31 de diciembre de 2037. Súmele el distribuidor vial del famoso “monumento del taco” por otros 493 millones.
CIS Angelópolis: el contrato más rentable
El CIS, por cierto, sigue siendo una carga presupuestal heredada desde el morenovallismo. Durante años se intentó maquillar el tema llamándolo “inversión”, “asociación estratégica” o “modelo innovador”. Hoy la realidad es más cruda: es un pasivo que el gobierno estatal ha intentado renegociar incluso bajo amago de moratoria. Pero si algo enseña la historia es esto: los Abed nunca salen con las manos vacías.
Su vida empresarial puede resumirse así: residuos, moscas, infecciones, trámites y concreto.

