Néstor Camarillo Medina es el ejemplo perfecto del camaleón político: fue presidente municipal de Quecholac; luego dirigente estatal del PRI; más tarde, diputado local. En esa etapa se alineó, sin titubeos, a lo que dictara el hoy alicaído Jorge Estefan Chidiac.
De pronto, por arte de magia, Camarillo apareció como candidato indígena por la comunidad de El Molinito, en Zacapoaxtla, para competir por el Senado. Fue aliado del panista Eduardo Rivera Pérez en la elección de 2024; el año pasado cambió de partido y se fue a Movimiento Ciudadano. Ahora, tras ser señalado por el portal Pie de Nota —con base en investigaciones de Pemex y la Sedena— como presunto huachicolero, anuncia que quiere contender por la alcaldía de la capital poblana.
Es decir, cambia de residencia política como quien cambia de calzones.
Nunca se aclaró cómo, siendo originario de Quecholac, dio el salto hasta la Sierra Norte de Puebla. Reportajes publicados en portales como Lado B e Hipócrita Lector dieron cuenta de que en El Molinito pocos sabían quién era Camarillo; ni siquiera tenían noticia de que hubiese dirigido al PRI.
Ahora, tras ser exhibido por la cuenta @narcopoliticos en X (antes Twitter), argumenta que todo se trata de una campaña para descarrilar sus aspiraciones rumbo a la Angelópolis en 2027. Vaya, vaya, Tacubaya.
Lo cierto es que nunca desmintió de manera contundente los reportajes que lo vincularon con Antonio Valente Martínez, alias «El Toñín». Optó por la salida fácil: «Me atacan porque quieren frenar mis aspiraciones». Hay que decirlo: no es la primera vez que Néstor Camarillo tropieza con un ducto de Pemex.
Y tampoco es la primera vez —como ya se apuntó— que cambia de residencia política. Lo más congruente sería que el senador por Movimiento Ciudadano compitiera nuevamente en Quecholac o, en coherencia con su adscripción étnica, buscara la presidencia de la inspectoría de El Molinito.
Lo que estamos viendo es, cuando menos, un caso de oportunismo político que roza el abuso de las figuras legales y plantea serias dudas sobre la ética pública. Si fue capaz de gestionar un registro como candidato indígena en circunstancias cuestionadas, ¿qué narrativa vendrá después? ¿Dirá que nació en una vieja vecindad del Centro Histórico, que de niño fue cargador en el mercado de mariscos de la 16 Poniente, que barría los pisos del Cine México o limpiaba las butacas del Cine Colonial, aquellas famosas por su dulce olor a guayaba?
El problema es que nadie parece poner límites. Si prácticamente ya se apropió de Movimiento Ciudadano en Puebla y, a todas luces, desplazó a la dirigente Fedrha Suriano Corrales, ¿hasta dónde es capaz de llegar nuestro personaje?
Ahora bien, desconocemos con datos duros qué tan veraces son las publicaciones de Pie de Nota. No dudamos, pero tampoco afirmamos. Pero una vez que el escándalo escaló a nivel nacional, surge la pregunta: ¿sus aliados, como Eduardo Rivera Pérez, saldrán a defenderlo o preferirán tomar distancia, por aquello de que “lo que no mancha, tizna”, como diría López Obrador?
¿Y cuál será la posición de su padrino político, Luis Donaldo Colosio Riojas, quien lo impulsó?
¿Guardará silencio Fedrha Suriano?
El caso Néstor Camarillo es, hoy por hoy, una papa caliente.

