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Loobina

Alejandro Lambarry
Última actualización: 2023/10/22 | 3:43 PM
Publicado por Alejandro Lambarry Tiempo de Lectura: 5 mins
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Por: Alejandro Lámbarry

Hubo una época en que Juan Rulfo era solo Juan Rulfo y andaba por todo México como a quien nadie conoce. A este Rulfo le gustaba tomar fotos, sobre todo de pueblos con muros caídos, de valles y montañas; es decir, si no hubiera llegado a ser lo que fue, cualquiera diría que le gustaba tomar fotos de turista gringo. Buscando estos lugares, llegó un buen día a Cholula y tomó una foto a los portales, otra al arco del convento de San Gabriel, por donde se alcanza a divisar el encino que, hasta el día de hoy, está en el centro del atrio, y otra al Popocatépetl. Saber esto, que Juan Rulfo tomó estas fotos, me da alegría.

En esos años Rulfo vivía en la calle de Río Nazas, en un pequeño departamento de un cuarto piso en la Ciudad de México. Todavía no escribía Pedro Páramo y nadie lo obligaba a publicar. Pocos años después, en ese mismo departamento, un amigo y vecino suyo le pasaría las botellas de whisky por la ventana del baño, y ahí, sentado en la taza, escondiéndose de su mujer, se emborracharía pensando qué escribir. Fue alcohólico, dejó de serlo, adquirió el hábito de beber Coca Cola, luego regresó al alcoholismo. Y después de Pedro Páramo no publicó casi nada.

Cuando Rulfo llegó a Cholula, llegó a un pueblo de indios con apellidos nahuas donde gustaban pasear los poblanos ricos el fin de semana: comprar artesanía, tomar un pulque en los portales y visitar al pariente en el manicomio de Nuestra Señora de Guadalupe. Cholula era también las paredes de adobe, las calles de tierra y el empedrado, los monasterios majestuosos del primer siglo de la Colonia. Y era también la miseria y la ignorancia. Todo eso era Cholula, y si se vive en ella un par de años, todavía es posible imaginar aquello.

Juan Rulfo tomó sus fotos y un pulque en los portales, se asustó con los cohetes, le alegró (como a Dostoievski) escuchar las campanas de la iglesia, lo cautivaron las ropas de los indios, su caminar en grupos y sus lenguas orientales. No eran sus personajes, ignoraba casi todo de ellos, solo entendía su orfandad.

Con el atardecer entre los volcanes, Rulfo regresó a la Ciudad de México. En esos días debía decidir si renunciar al trabajo administrativo en la llantera Euzkadi y dedicarse de tiempo completo a la escritura. Por primera vez en su vida una beca del recién creado Mexican Writing Center le daba la posibilidad de elegir. Decidió por la beca, y al término de un año tenía escrito El llano en llamas. Con otra beca del mismo centro, en un par de años más escribió Pedro Páramo.

De acuerdo con otro estudiante, Ricardo Garibay, a Juan Rulfo “los gringos lo adoraban. Esto era lo que más me hacía desconfiar, la condición de mexican curious o de buen salvaje a los ojos de esos necios”. Y Rulfo adoraba a los gringos, hasta el punto de coquetear con la fonética inglesa al escribir, en uno de sus reportes, que había terminado “Loobina”, y de haber nombrado en una primera versión de Pedro Páramo –en esa época Los murmullos– a Susana San Juan, Susana Foster.

La primera vez que vi las fotos de Rulfo me negué a ver en ellas la estética del Indio Fernández. Son una comunión con lo cholulteca, anterior a las universidades privadas, a los antros, a la clase media mexicana y al McDonalds, que con el tiempo han llegado a este pueblo. Ahora ya no me interesa tanto, estética extranjera o mexicana, es evidente que tiene ambas, así como en su obra literaria tiene mucho de la literatura nórdica, del sur gringo y también la de los primeros cronistas.

Saber esto me da gusto, porque quiere decir que Rulfo y yo vemos, a pesar del tiempo y los prejuicios, una Cholula parecida.

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TEMAS: Alejandro Lámbarry, Cholula, El llano en llamas, Juan Rulfo, Loobina, Pedro Páramo
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