Uno
El Consejo Coordinador Empresarial vuelve a girar el volante hacia la ultraderecha. No es casualidad ni accidente. La posible llegada de Juan Pablo Cisneros Madrid revive el plan original de Herberto Rodríguez Regordosa y el llamado Grupo Santiago, diseñado para disputar el control al clan dominante encabezado por Héctor Sánchez Morales y el presidente de la Cámara de la Construcción, Gustavo Vargas Constantini.
Desde septiembre del año pasado la maquinaria ya estaba en marcha. Herberto Rodríguez arrancó una precampaña interna con una consigna: “recuperar el CCE”. Traducido al español empresarial: quitarle el timón al grupo que hoy manda. El objetivo era claro: sentar a Juan Pablo Cisneros en la silla principal.
A finales del año pasado el acuerdo se hizo pedazos. Rodríguez Regordosa y su grupo decidieron irse por la libre, rompieron con el titular de Canaco —el dueño de la pastelería La Zarza— y dejaron el tablero hecho trizas.
El clan del CCE no perdió tiempo. Sánchez Morales y Vargas Constantini se frotaron las manos y empujaron la candidatura del expresidente de Canadevi, Alberto Moreno Monroy. Todo parecía acomodarse hasta que los “santones” volvieron a meter mano y ordenaron regresar al plan original: unir fuerzas, cerrar filas y evitar que los votos se pulverizaran. Resultado: Herberto Rodríguez se bajó de la contienda.
¿Y por qué este regreso a la ultraderecha empresarial? Porque muchos empresarios vieron, con lupa y con coraje, cómo unos cuantos hicieron negocios redondos con Miguel Barbosa Huerta y con Sergio Salomón Céspedes. Mientras tanto, Alberto Moreno Monroy —dicen los que saben— tuvo trato privilegiado con Eduardo Rivera Pérez durante su segundo periodo como alcalde de Puebla.
El discurso del “diálogo” suena bonito en conferencias y desayunos empresariales. En la práctica, muchas veces huele a transacción disfrazada.
El péndulo se mueve. Y cuando se mueve, siempre aplasta a alguien.
Dos
Josefina Morales Guerrero salió de Finanzas y con ella se va —sin despedida, mariachis ni rendición de cuentas— una carga pesada de opacidad. La mandan ahora al Soapap: un organismo gris, con poca operación política y casi nulo reflector público. En los hechos, quien da la cara es Agua de Puebla. Soapap es apenas el cascarón burocrático.
Ya así sepultará el caso Accendo y el daño patrimonial de más de 600 millones de pesos ejecutado en 2021 bajo el gobierno de Miguel Barbosa Huerta y la entonces secretaria de Finanzas, María Teresa Castro y Corro.
Hay que refrescar la memoria colectiva: en aquel año Josefina Morales Guerrero era directora de Presupuesto y Política Presupuestal. Es decir, la responsable de vigilar que el dinero público se planeara, asignara, ejerciera y controlara conforme a la ley. Exactamente lo contrario de lo que ocurrió cuando recursos estatales terminaron en un banco que ya se hundía.
Y no fue la única. Otros personajes jamás dieron ni darán la cara por el fraude bancario, entre ellos Amanda Gómez Nava, quien en ese entonces se ostentaba como secretaria de la Función Pública —hoy Anticorrupción—, una ironía que se escribe sola.
Ahora que está de moda citar discursos globales, vale recuperar la frase que el primer ministro canadiense Mark Carney recordó en Davos, tomada de Tucídides:
“Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”.
En Puebla, esa sentencia ya es una rutina administrativa.
Tres
El sábado pasado amanecimos con la noticia de que la puerta de la Catedral de Puebla fue incendiada. Detuvieron a uno de los presuntos responsables, pero el caso deja más preguntas que respuestas.
La Catedral está justo frente al Palacio Municipal. No es un callejón olvidado ni una esquina oscura. Es el corazón político y simbólico de la ciudad. Debería estar blindado por razones obvias: ahí despacha el alcalde, operan funcionarios de primer nivel y se resguarda el Palacio de Charlie Hall, joya arquitectónica del centro histórico.
Entonces la pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿dónde está la seguridad?
Si esto ocurre frente al Palacio Municipal, ¿qué nos espera a quienes vivimos y trabajamos lejos de ese perímetro “protegido”?
La ciudad empieza a parecer un territorio donde ni el patrimonio ni la fe ni la rutina cotidiana están a salvo.
Y no, esta vez ni rezar un padre nuestro alcanza.

