Para que nadie se sienta ofendido —de aquí hasta que el cuerpo aguante—, en todo lo que tenga que ver con las elecciones de 2027, el caso Rocha Moya en Morena será el elefante en la sala. Ya saben: algo está ahí, incómodo, pesado; es imposible sentarse en el sillón a ver Netflix, pero todos fingiremos que no existe.
En Puebla, por ejemplo, nadie del partido guinda admitirá que ese factor afectará los comicios municipales. Los argumentos son de manual: primero, que “Sinaloa está muy, pero muy lejos”; y, segundo, que el único poblano cercano a Rocha es el senador Ignacio Mier Velazco. Como este último cada vez tiene menos adeptos a nivel local, si no suma, tampoco estorba.
Ya nos quedó claro que el gobernador poblano, Alejandro Armenta, juega con tres cartas rumbo a 2027 en la capital: Laura Artemisa García Chávez, Gabriela “La Bonita” Sánchez y Celina Peña Guzmán. No hay más, por ahora. Es su baraja, su mesa y su apuesta.
En esa misma mesa aparece, como pieza aparte —no necesariamente del gobernador—, Olivia Salomón Vibaldo. No ha dicho si quiere, pero tampoco se ha bajado. No sale mal evaluada; no es casualidad que aparezca. Falta que la presidenta Claudia Sheinbaum le dé la bendición.
Del otro lado están Rodrigo Abdala y el alcalde José Chedraui Budib. Abdala no sale mal, pero tampoco despega; lleva tiempo en ese limbo político donde no se pierde… pero tampoco se gana.
Chedraui es otra historia. Tiene conocimiento, números y una ventaja que pocos admiten en público: ya está en el poder. Por eso aceleró la obra pública, por eso corrige su imagen, por eso intenta cambiar la percepción. No ha respondido ataques ni ha caído en provocaciones; se ha mantenido cauto. Sabe que no compite contra otros: compite contra su propio primer año. Tiene que mejorar sus números y convencer a Armenta, lo cual no será nada sencillo.
El error histórico de los poblanos es creer que todo se decide aquí; que somos el ombligo del universo. No. Morena no se entiende sin Palacio Nacional… y sin Palenque. Lo local importa, sí, pero lo nacional define, para lo que ocurra de aquí a septiembre próximo todos los factores jugarán: locales y nacionales.
El segundo error: construir narrativas con base en “señales”. Si en una pared húmeda aparece algo que se parece a la Virgen, ya hay quienes lo leen como destino. Pero esto no es de fe, es de hechos. La única señal real serán los resultados de la encuesta o —no hay que ser ingenuos— los acuerdos en la mesa, pese a los números que arrojen los estudios demoscópicos finales.
En los hechos, el gobernador y su grupo tienen una ruta clara: que sea una mujer quien encabece a Morena y sus aliados en 2027. Tienen tres nombres y están jugando con ellos. El gobernador será un factor clave en las últimas decisiones. El alcalde no ha dicho que va, pero tampoco que no. Esa es su estrategia.
Ganar la encuesta no será sencillo, menos en tan poco tiempo para quienes apenas se subieron a la contienda. No es imposible, pero tampoco automático. De aquí a agosto, lo que se construya —o se destruya— será definitivo.
Y mientras todos miran encuestas, bardas o señales… el elefante sigue ahí. Quieto. Pesado. Incómodo.
Lo demás —como siempre— es lo de menos.