Aldo Báez
Quizá Rosario Castellanos sea la voz más comprometida con las mujeres y los indígenas que nuestras letras contemporáneas haya tenido, sin embargo, su obra injustamente está silenciada, sobre todo por muchas voces que parecieran que, sin ser tan sólidas en sus posturas y habilidades literarias, parecen de mayor atractivo para las generaciones actuales.
Tal vez esto lo sabía Margo Glantz, quien en su ensayo “Las hijas de la Malinche”, como puntual respuesta a Octavio Paz, simbólicamente observa a Rosario Castellanos con una genealogía femenina que desafía la tradición del nacionalismo machista, cuestionando el discurso literario que invisibiliza voces femeninas y, por ello, reivindica a la autora del drama El eterno femenino como parte de una tradición que rompe con la historiografía cultural de género tradicional en México, reubicando su obra en un contexto de cuestionamiento feminista y lo que ahora pensamos incluso como decolonial.
Además, afirma la aguda y atinada crítica, en la novela de la chiapaneca convergen los dos personajes que no habían tenido presencia ni rostro de la historia mexicana, “los desterrados de la Historia universal: los indios y las mujeres y, entre ellos, se inserta la Madre Malinche como un demonio en un lugar privilegiado: el de la infancia”.
Tal vez la razón radica en que desde la publicación de Balún Canán en 1957, en medio de narradores como Rulfo y Fuentes —es decir, nace entre dos obras señeras como Pedro Páramo (1955) y La región más transparente (1958)—, Rosario Castellanos emergió, no sólo como una de las voces más lúcidas y contundentes, sino que como narradora enfrentó de manera adicional, ante una crítica deslumbrada por obras que marcarían un rumbo, sin volver la mirada hacia otro lados, en especial, hacia aquellas que referenciaban posturas demandantes de las mujeres y los pueblos indígenas.
Rosario, primordialmente poeta, no descuida en su narrativa un ritmo muy grato donde se entrelazan el compromiso ético, la crítica social y una sensibilidad literaria profunda; sin embargo, paradójicamente, su obra ni su persona gozan hoy del lugar central que su escritura y pensamiento merecen, porque habrá que decir que además (y a diferencia de muchos creadores) ella también es una lúcida ensayista: un par de obras que son banderas de la postura feminista, lo refrendan; a saber, Mujer que sabe latín…, que la pone como pionera en temas que apenas ahora cobran visibilidad —como el feminismo, el racismo estructural, el clasismo y la colonialidad cultural— son parte de su legado y tristemente se encuentran a medio olvido, reducidas a menciones escolares superficiales o a citas descontextualizadas. ¿Por qué una autora que se adelantó a su tiempo permanece parcialmente silenciada en el nuestro?
Recordemos que Carlos Monsiváis consideró a Rosario Castellanos como una figura histórica y transformadora –la primera escritora profesional— que abrió un nuevo horizonte para las escritoras mexicanas, con una escritura honesta, crítica y profundamente arraigada en lo político, con la virtud, que nunca perdió lo íntimo. Su legado se enmarca como un hito en la construcción de una voz femenina autónoma, profesional y comprometida. Como una literatura para dar voz a los que nunca la alzan.
La mencionada Balún Canán, su primera novela, es una obra fundacional no sólo dentro de su carrera literaria, sino dentro de la narrativa mexicana del siglo XX. Ambientada en su natal Chiapas durante el periodo postrevolucionario, la novela ofrece una crítica feroz a las costumbres y estereotipos enraizados desde los tiempos del poder colonial y que siguen rigiendo la vida en las regiones indígenas, por lo que la estrategia de emplazar su historia mediante una narradora niña —blanca mestiza y heredera de los finqueros— y desde ahí construir una mirada ambigua y autocrítica sobre el racismo, la desigualdad social y la violencia simbólica ejercida desde la educación y las instituciones estatales, le otorga un sentido poco usual en nuestras letras; por otro lado, no pasó inadvertido cierto aire semejante que contiene la obra Juan Pérez Jolote (1948), que unos años antes dio a la luz, el arqueólogo Ricardo Pozas, o los relatos de El diosero (1952) de Rojas González, ambos preocupados por los indígenas, aunque se advierte que no volvieron el rostro hacia las mujeres.
A diferencia de otros escritores de su tiempo, Castellanos no adopta una voz paternalista ni pretende otorgar condición exótica alguna al indígena. Su escritura está guiada por la culpa histórica, la reflexión interior y la voluntad de transformación. Desde esa conciencia, se distancia tanto de la complacencia de las élites criollas como del nacionalismo revolucionario que romantizaba a los pueblos originarios mientras los seguía oprimiendo. La literatura, para ella, debía ser una herramienta de justicia, un medio para narrar aquello que había sido silenciado por siglos.
Aunque debemos admitir que, en cierta forma, lo suyo fue un feminismo desde el margen, tal vez, incomprendido por las mismas mujeres contemporáneas, quienes no entendieron que estaban frente a una de las primeras intelectuales mexicanas preocupada por plantear, abiertamente, una crítica feminista desde el mismo corazón de la literatura como lo es el ensayo, pero también exponiendo la vida y políticas públicas, lo que la configura como enorme escritora que hizo de su vida una manifestación abierta desde una perspectiva profundamente encarnada, basada en su experiencia como mujer en un mundo estructurado por el patriarcado, sin olvidar que Rosario formaba parte de una clase privilegiada, no sólo económica sino intelectual, que debía rendir cuentas.
En textos como Mujer que sabe latín… o en su poesía confesional, Castellanos expone la contradicción de ser mujer en una cultura donde lo femenino se reduce a la pasividad, el sacrificio o la locura. No se proclama como heroína, sino como testigo incómoda de un sistema que excluye a las mujeres incluso dentro de los espacios ilustrados.
En Balún Canán, esta sensibilidad aparece no sólo en la protagonista infantil, sino en personajes femeninos como Zoraida, la madre autoritaria que representa las normas sociales del patriarcado rural, o Matilde, la sirvienta indígena que carga con la triple opresión de género, clase y etnicidad. Castellanos traza un mapa de violencias que se cruzan y se heredan, donde las mujeres, incluso desde lugares opuestos en la jerarquía social, comparten una historia de silenciamiento y pérdida.
Entendió como pocos el compromiso (engagement) sin celebridad, a diferencia de otros autores que supieron ocupar el centro de la escena cultural mexicana (como Octavio Paz o Carlos Fuentes); Rosario Castellanos desarrolló su obra en los márgenes. No buscó el poder simbólico ni la consagración mediática. Fue servidora pública, embajadora, maestra, ensayista, poeta, dramaturga y novelista, pero nunca construyó un personaje literario alrededor de sí misma. En lugar de autopromoción, eligió el trabajo silencioso, el testimonio y la pedagogía. Esta elección ética es también política: para ella, la literatura no debía alimentar el ego (que no dudo que lo hizo), sino servir como espacio de interlocución con los otros.
En una época donde las mujeres escritoras eran vistas con sospecha o condescendencia, su figura fue leída con prejuicios que aún persisten. No era “la musa”, ni “la poetisa”, ni “la escritora de lo íntimo”. Era, simplemente, una intelectual lúcida que nombraba lo que muchos querían ocultar. Por ello, quizás, su obra fue menos difundida, menos canonizada, menos vendida. En la era actual, donde el feminismo es bandera de luchas múltiples, la voz de Castellanos debería resonar con más fuerza, y sin embargo, no siempre ocupa el lugar central que le corresponde.
Sin embargo, las estrategias del olvido estructural y recuperación crítica de la obra se encuentran en una zona intermedia entre un escaso y casi doctrinal reconocimiento académico y el abierto desinterés popular. Ni sus novelas ni sus ensayos hoy suelen ser leídas en profundidad en las aulas. Sus ensayos circulan más como citas en estudios de género que como textos vivos. Su poesía, de la que por ahora no hablaremos, es a juicio de algunos de sus lectores, sobre todo poetas, una de las más conmovedoras de nuestra tradición, pero rara vez objeto de antologías escolares. Incluso Balún Canán, su novela más conocida, es leída a menudo sin el contexto social, político y literario, lo que la vuelve, tristemente, irrelevante.
El olvido no es casual. Tiene que ver con una estructura de legitimación cultural que aún privilegia ciertas voces —masculinas, centralistas, cosmopolitas— sobre otras. La escritura de Castellanos es incómoda porque obliga a cuestionar la herencia colonial, el racismo sistémico, la complicidad de las élites y el patriarcado institucional. Su crítica es tan vigente que a veces resulta demasiado actual, demasiado certera. Releerla es un ejercicio de memoria y justicia.
En el prólogo de Poesía en movimiento, Paz escribe: “Rosario Castellanos es un temperamento menos complejo y agudo; su mirada es amplia y conmovedora su derechura espiritual. Su lenguaje es llano y, cuando no cede a la elocuencia, grave, sentencioso. Como Torres Bodet y algunos otros de la generación anterior, Margarita Michelena y Rosario Castellanos pertenecen a la tradición de la ruptura sólo en momentos aislados”. Quizás el poeta la pensó como una voz para el futuro.
Rosario Castellanos no escribió para la fama, sino para transformar. Hoy, cuando los discursos de género, raza y poder están en el centro del debate público, su obra ofrece herramientas para pensar críticamente el presente. Desde Balún Canán hasta su poesía final, desde sus ensayos pedagógicos hasta su experiencia como diplomática, Castellanos trazó una ética de la responsabilidad y de la palabra. Su feminismo fue radical no por ruidoso, sino por profundo. Su literatura fue política no por panfletaria, sino por reveladora.
Recuperarla no es un acto de justicia literaria, sino una necesidad cultural. En un país donde ser mujer sigue siendo un riesgo y donde los pueblos indígenas siguen siendo marginados, las palabras de Rosario Castellanos son una guía y una advertencia. Como ella misma escribió: “Quiero hablar. Abrir la boca y que la voz delate lo que escondió el silencio”.
Su compromiso con las mujeres y con los desposeídos no fue una pose, sino una elección vital. Por eso, hoy más que nunca, debemos leerla no como una figura del pasado, sino como una compañera incómoda y luminosa del presente.
Tras su fallecimiento, Pacheco prologó El uso de la palabra (1975) y escribió una columna en Proceso cuatro días después de la muerte de Castellanos donde afirmó: “Fue una precursora incomprendida… A Rosario Castellanos no supimos leerla.” Y también señaló: “Nadie en este país tuvo en su momento una conciencia tan clara de lo que significa la doble condición de mujer y de mexicana, ni hizo de esa conciencia la materia misma de su obra.”, pues consideró que Castellanos fue una voz excepcional que fusionó delicadamente identidad femenina y nacional, y, sin embargo, su impacto y difusión fue reprimido por la inercia cultural de su tiempo.