José Luis Dávila
A veces pareciera que la literatura sigue en vías de emancipación de la figura del autor, empecinada en poner a la obra por detrás de quien escribe. Pocos son —por poner un ejemplo— los nacionales (aunque realmente pienso en los locales, sin importar de qué localidad sean pues no es un factor restrictivo) que leen, ya sea a compatriotas o extranjeros, con un afán crítico sobre su trabajo en vez de establecer su juicio en los sesgos polarizados de la admiración o el celo hacia la persona. Y si las mesas de los cafés fueran los únicos lugares en los que esas apreciaciones, sacralizantes o defenestradoras, se expresaran —como confesiones magras que hacen más por cotilleo para avivar la tarde con una polémica indiscreta que por seriedad argumentativa—, bueno, tal vez no habría mayor problema. Sin embargo, suele pasar que esas opiniones salidas de la tripa luego se convierten en columnas, en artículos, ponencias, libros enteros o, con violencia, en posts larguísimos de alguna red social donde, casi sin dudarlo, saben que habrá quienes contradecirán y quienes apoyarán esas palabras, también siguiendo más a sus entrañas que a la razón, más sobre el que escribe que sobre lo que escribió, encumbrando, como decía Rosario Castellanos, un virtuosismo de recetario, dando un aplauso barato, festejando vanidades.
Rosario Castellanos, una de las escritoras más representativas de las letras mexicanas del #SigloXX, se desempeñó como embajadora de México en Israel
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— INEHRM (@INEHRM) June 1, 2026
Lectora antes que poeta, ensayista, novelista o periodista, ella, Rosario Castellanos, fue una mujer que entendió, como reza el argot difundido en redes, la fokin’ vibra cuando, en su discurso de aceptación al premio Chiapas de literatura, en 1958, esboza la diferencia entre el que escribe y el que es escritor (unos diez años antes que Foucault lo debatiera como el ‘autor’): la capacidad performativa y de los acontecimientos del resultado, el cual va cargado, asegura, igual que la pornografía, de elementos dinámicos que inducen a la acción (algo que el francés determinaría como la cualidad de modificar, a través de las lecturas, las perspectivas que se tienen sobre los textos), poniendo en evidencia la necesidad de no ceder a todos los vicios del escritor que se quiere presentar como un hacedor de arte puro o un escritor comprometido, porque el primero deviene en dogmatismos y el segundo en propagandista, ambas alejándose de la actividad intelectual que debería suponer ser la literatura.
Sin embargo, esos dos tipos de escritor son los que más abundan hoy; en parte por los condicionamientos sociales que comprometen la autopercepción del que escribe, rodeándolo de estímulos que le conducen por un fantasioso yellow brick road y, por otro lado, por los condicionamientos económicos en los que prima la cantidad de unidades vendidas antes que la calidad de las oraciones impresas en una hoja. Ambos factores, por supuesto, caras de la misma moneda, la aspiración al éxito, un éxito supeditado a tener amigos en el medio con conexiones a editoriales, a las críticas benévolas que se centran más en descripciones sobre lo bonita que es la portada mientras que a la escritura le dedican las mismas frases prefabricadas que usan una semana sí y otra no —por lo que han hecho que su trabajo ya no sea visto como parte misma de la literatura—, a la aspiración de trascendencia por medio de magnanimidad artística en vez de a través de, ya saben, intentar ser una buena persona.
Castellanos contempla todos los vicios de los que escriben y les espeta que este oficio va más allá de los mecanismos sociales que nos consumen en el medio, deja claro que a esos grandes escritores que todos nombran para hacerse comparativos, para medirse la altura (o la longitud), para aspirar a esa misma mitificación o mistificación (menciona a Rimbaud, Poe, Nerval, Hölderlin), no han trascendido por sus reprobadas moralidades, su débil salud mental o física, ni su arraigo a figurar en la polémica, y que mucho menos es todo ello algo con lo que se “paga la genialidad”, como estúpidamente se afirma a altas voces por los más romantizadores del trabajo literario —los mismos que piensan que escribir borracho los asemeja a Bukowski pero, realmente, sólo se están acercando a un anexo de AA—, no entienden que era porque sus obras fueron fruto de una perspectiva que transgredía los estamentos sociales de su tiempo gracias a todo el trabajo vertido en ellas, no desde esa noción ridícula de ‘inspiración’ sino desde el hacer cotidiano de traducir su forma de leer el entorno en palabras que les permitan construir al mundo.
Es por ello que ella ve, para finalizar, como peligroso malentendido al éxito. Si incluso los clásicos, cualquiera puede verlo, están en las librerías de viejo, abandonados, y sólo se venden cuando se edita una nueva versión comentada que, muchas veces sólo como una falaz estrategia de mercado, asegura ofrecer una perspectiva fresca, actual o mejor a la anterior, entonces, dice Castellanos, ¿qué es realmente eso del éxito en la escritura? Los homenajes, las celebraciones, las medallas, los premios, el culto a la personalidad sólo son esos mismos condicionamientos sociales y económicos que sumen al escritor en el marasmo, pero lo que debe ser apreciado como éxito no es algo que vaya del lector al autor, sino del escritor al lector: la gratitud; gratitud a sí mismo por no dejarse caer en todas las trampas de la fe que el oficio pone en el camino, logrando construir una voz autónoma, tan personal que se da permiso de tener fracasos y asumirlos, tan propia que puede referenciar a otros sin diluirse a sí misma, aunque con ello se arriesgue a perder el éxito mismo, pero también gratitud al lector por darle espacio a sus textos y criticarlos con rigor, rigor al que cualquier texto de un escritor no debiera temer someterse, valor que, me parece, le falta hoy a muchos de los que inundan las librerías y los cafés, valor que le sobraba a Castellanos y por lo cual debiera ser mayormente apreciada, incluso más que muchos otras y otros de su época que hoy son usados sólo políticamente porque su obra no puede sostenerse tan bien por sí sola.