En una pared húmeda por las lluvias y el descuido de los años aparece algo similar a una figura humana. El milagro ocurre en el viejo patio de una vecindad abandonada del Centro Histórico. De pronto, un grupo de periodistas corre con cámaras fotográficas y de video para transmitir en vivo la aparición.
Es la silueta de algo parecido a un ser humano: gordo, con lentes oscuros, traje y una corbata que le aprieta el cogote. En la mano izquierda lleva una esclava; y aunque se trata apenas de una imagen dibujada por la humedad sobre la pared, del lado derecho se distingue la imitación de un reloj Cartier. En una de las manos sostiene un fajo de billetes y, por lo que alcanza a verse, la figura sonríe.
En el «partidazo» hay mucho movimiento ante la revelación casi milagrosa. Columnistas de distintos medios locales teclean con fervor: “¡Ya llegó la pinche señal!”. De inmediato aparecen encuestas y encuestadoras dispuestas a confirmar lo inevitable: es el bueno. Una agrupación de boleros, una de feministas arrepentidas y hasta un comité de vecinos que nadie conocía se organizan para pedir que la aparición sea tomada en cuenta en la encuesta.
Aparece también una Lotería Cívica, botellas de agua, bardas con la imagen del personaje y jefes de prensa que ofrecen a los directores de medios 20 mil pesos por dos meses.
—Y el veinte por ciento que se vaya a pauta, bro. Ahí te encargo.
—¿Cómo 20 mil por dos meses? No la chingues. Eso no alcanza ni para el camarógrafo ni para la edición del video —replica el periodista.
—Nos recortaron presupuesto, bro —dice apenado el jefe de prensa—. Ora que llegue, mi bro, nos ponemos a mano. Confía en nosotros. Traemos la bendición del de allá arriba.
—¿De Dios?
—Casi. Del cero-uno, del cero-dos, del cero-tres y hasta del cero-39, mi bro.
—Pero hasta repartieron tamales. Y las bardas. Y las botellas. Y qué… ¿yo soy más güey o qué?
—Psss, es lo que hay, mi bro. Además, fue de a grapas: los tamales, las gorras y las sombrillas nos las donó El Colorado. Nomás un favor: ahí me compartes, ya sabes, aunque sea el otro 20 por ciento. Un ventilador, pues.
El periodista toma el sobre amarillo, mira una imagen impresa del licenciado Fojaco y cuenta el dinero. Luego le regresa dos mil pesos al encargado. Se va molesto por quedarse ya con 16 mil pesos de los 20 mil originales. Se sienta frente a su computadora y empieza a escribir:
“Para los incrédulos y maldicientes, ahí está la pinche señal: en una pared de una vecindad de la 4 Norte, esquina con 16 Oriente, apareció una imagen del licenciado Fojaco. No se equivoquen: es tiempo de licenciados. La encuesta coloca al personaje por encima de los demás contendientes. Lleva una delantera insuperable. Fue una señal milagrosa; que vean los que quieren ver, que escuchen los que quieran escuchar: es Fojaco”.
Lágrimas por Puebla
En un cuarto de la vecindad donde apareció la imagen, los licenciados Madariaga y Malagón discuten:
—Oiga, mi lic, ¿qué pinche pintura usó para la mancha en la pared?
—¿Qué pasó, licenciado? ¿Cuál mancha? Es una revelación divina.
—Es que no se me quita la cochina pintura negra ni del traje.
—Usted aguante. ¿O quiere que le diga al licenciado Fojaco?
—Y para los mugres 15 mil pesos que me dieron… No me pude comer ni un tamal de los que repartimos.
Al día siguiente, la vecindad abandonada amanece cercada con vallas metálicas. Nadie puede acercarse a la pared sin autorización. Hay una mesa con botellas de agua, una lona mal impresa, dos bocinas tronadas y una fila de curiosos esperando tomarse la foto frente a la aparición milagrosa. Una señora vende estampitas del licenciado Fojaco a veinte pesos:
—¡Llévele, llévele! ¡Contra la mala suerte, contra las auditorías y contra las encuestas cuchareadas!
Un joven con chaleco guinda acomoda a la gente:
—Rápido, rápido, una foto por persona. No se recarguen en la pared porque se despinta el milagro.
A media mañana llegan más reporteros. También aparecen la asociación de feministas arrepentidas, los boleros, los payasos organizados, el comité de vecinos recién nacido y tres asociaciones civiles con nombres largos, actas dudosas y muchas ganas de salir en la foto. Alguien coloca un florero. Otro deja una gorra. Otro, una bolsa con tamales. Un señor jura que la imagen le guiñó el ojo.
—Me vio directo —dice conmovido y se hinca—. Me vio como candidato.
Para entonces ya circulan nuevas encuestas: Fojaco crece en conocimiento, en preferencia, en simpatía, en intención de voto, en percepción de cercanía y hasta en humedad relativa. Los analistas explican el fenómeno con palabras solemnes. Los propagandistas hablan de “conexión popular”. Los jefes de prensa mandan boletines titulados: El pueblo reconoce las señales.
Sólo que esa tarde llueve.
Viene el aguacero. El agua baja por la pared, cruza los lentes oscuros, deshace la corbata, borra el fajo de billetes, se lleva el reloj Cartier de imitación y comienza a escurrir sobre la sonrisa del licenciado Fojaco. Los curiosos guardan silencio. Los periodistas siguen transmitiendo. Los jefes de prensa se miran entre ellos.
La mancha empieza a deformarse. Ya no parece un candidato. Tampoco un licenciado. Ni siquiera un ser humano. Es apenas eso: una mancha negra sobre una pared podrida. Entonces el licenciado Madariaga, todavía con pintura en las manos, murmura:
—Ya valió madre el milagro.
El licenciado Malagón lo corrige:
—No sea ingenuo, mi lic. Mañana decimos que lloró.
Y, efectivamente, al otro día los titulares de todos los portales son unánimes: “La imagen del licenciado Fojaco derrama lágrimas por Puebla”.