Al despacho del licenciado Fojaco llegó un periodista con muchos años en el oficio: Elpidio Matraca. Actualmente asesora a funcionarios y directores de distintas dependencias, además de ofrecer sus servicios a quienes aspiran a conseguir una diputación.
Matraca presume ser dueño de una agencia de publicidad, aunque las malas lenguas aseguran que también opera una empresa facturera. El periodismo, al parecer, sólo fue el curso propedéutico para descubrir dónde estaba el verdadero negocio.
Su menú de servicios incluye tuits impulsados con bots; reels para Facebook e Instagram; campañas para posicionar o desacreditar personajes —los denuestos corren por cuenta de la casa—; contacto con “sus amigos” periodistas, y grabaciones o capturas de pantalla de los chats que se arman entre reporteros.
Tiene, además, el buen gusto de acudir a toda comida donde coincidan columnistas, directores y reporteros. Escucha con atención, come con discreción y después reporta todo lo dicho, incluidas las quejas y maledicencias de los titulares de los medios.
Un día publica un tuit a favor de un candidato y, al siguiente, otro en apoyo de su adversario. La pluralidad, ante todo.
Cuando algún columnista escribe algo en contra de un funcionario de Morena, Matraca se comunica inmediatamente con el afectado:
—Mi lic., a ese pinche periodista hay que callarlo a billetazos —dice mientras habla por celular y le da una fumada a su vapeador.
—¿Y de cuánto estamos hablando?
—Mínimo, un ciento frío. Cien Gatorades, para que nadie se deshidrate.
—¿Pues qué rompí? Si mi señora nada más les dijo que olían a baúl a unos que ya ni con Cialis pueden.
—Ya ve cómo son, pero hay que hacer aliados.
Elpidio Matraca recibió los cien mil pesos, se embolsó noventa y fue a buscar al periodista:
—El licenciado te manda diez. ¿Los tomas o los dejas?
—No, pos’ los tomo —respondió el columnista, emocionado porque, después de tantos años, finalmente había conseguido algo con su columna.
En la elección pasada, Matraca jugó a tres bandas con los tres candidatos a la gubernatura. Cuando ganó quien hoy gobierna, escribió solemnemente:
“Como lo dijimos aquí desde este espacio”. A partir de esa fecha comenzó a escribir contra los perdedores.
Sería injusto llamarlo alcohólico. Lo único comprobable es que siempre lo acompaña un persistente aroma a Ron Corsario, de ese que se vende en Tetra Pak y deja en el ambiente un perfume a patas cansadas.
En redes sociales, su frase predilecta es “la pinche señal”. El único inconveniente es que, hasta ahora, por lo menos tres aspirantes distintos ya recibieron la pinche señal. A este paso, aquello dejará de ser una señal para convertirse en reparto domiciliario. “La Pinche Señal a domicilio”.
Su vocación para los servicios de inteligencia nació cuando trabajaba como reportero en el Congreso del estado. Entonces comenzó a enviarle a la directora de Comunicación capturas de pantalla de todo cuanto escribían sus compañeros y de los chats en los que se burlaban del presidente del Legislativo, a quien apodaban “el Solovino”.
Como la Dirección de Investigaciones Políticas y las áreas de inteligencia habían quebrado —o habían sido víctimas de la austeridad—, Matraca encontró un nicho de mercado: espionaje de sobremesa, delación por WhatsApp y campañas con bots.
Todo, desde luego, con su correspondiente factura.
Cuando terminó de presentar sus servicios, el licenciado Fojaco lo observó por encima de los lentes:
—Dígame, Matraca, ¿usted para quién trabaja?
—Para el proyecto, licenciado.
—¿Cuál proyecto?
—El que gane.
Fojaco lo contrató de inmediato.