¿Qué se necesita para ser un impresentable y participar, sin pizca de vergüenza, en una campaña política?
Ser, quizá, un rancio líder sindical de rodilla entrenada: uno de esos personajes que se hincan con la misma devoción ante Javier López Zavala, Rafael Moreno Valle Rosas, Eduardo Rivera Pérez, Martha Érika Alonso, Guillermo Pacheco Pulido, Miguel Barbosa Huerta, Sergio Salomón Céspedes, Alejandro Armenta Mier o ante quien venga después, siempre con una causa noble en la boca y una petición vulgar en la mano: incrustar al hijo en la nómina municipal.
O cobrar como diputada local, ser animadora de eventos de la Feria, influencer de ocasión y burlarse de todo tipo de víctimas: de mujeres maltratadas, de personas afectadas por negligencia médica y de quienes, según ella, «son pobres porque quieren».
O ir al palenque de la Feria de Puebla para agarrarse a besos con el inmediato superior, armar un escándalo mediático y luego hacer una fiesta con champaña. Presumir que se es la Güera de Morena porque, faltaba más, la gente no cree que en ese partido haya personas blancas y barbadas. Llegaste a evangelizar a las tribus. Qué gesto tan civilizatorio.
Trabajar como secretario general de un Poder y meter las facturas de un medio de comunicación del cual eres dueño.
Obligar a los líderes sindicales del magisterio a que sus agremiados asistan a un acto con tal o cual candidato, registrando nombre, dirección, correo electrónico y datos personales, de tal forma que aquello parezca obligatorio y no una muestra espontánea de apoyo.
Ser presidente o presidenta municipal en un lugar donde te ayudaron a ganar con magia electoral, querer reelegirte aunque en año y medio no hayas hecho absolutamente nada, las calles sigan sucias, llenas de baches y tu único logro sea disfrazarte para bailar en las fiestas tradicionales.
Ser alcalde, querer reelegirte y que, cuando pregunten cuáles son tus atributos, la respuesta sea: pagar una fiesta millonaria para los quince años de tu hija, o regalarle a tu esposa, el Día del Amor y la Amistad, un muy grueso fajo de billetes y un oso de peluche más grande que cualquier cuarto de burócrata en el Palacio Municipal.
Ser presidente municipal y afirmar que o se usan millones de pesos para contratar a una banda que amenizará las fiestas del pueblo, o mejor tú te los gastas, como si fueras Poncio Pilatos esperando que el pueblo bueno y sabio decida.
Ir a una asamblea del partidazo para que te tomen una foto, presumir que eres consejero rindiendo protesta y que la verdad sea otra: ni consejero eres. Todo, para aparecer en la portada de los diarios impresos y digitales, y para tener tu minuto de incienso en la comentocracia.
Dirigir un partido político, armar comidas, desayunos y cenas para los medios en tu propio restaurante, y pasarle la factura al instituto político. Total, ni es tu lana hasta que la facturas. Al final, se necesita hacer la ronchita para la campaña.
¿Qué se necesita para hacer todo eso junto y actuar como si no pasara nada?
Después de todo, ser impresentable es un derecho humano que debería ser tomado en cuenta en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos (CPEUM), porque todos somos impresentables hasta que se nos demuestre lo contrario.
Lo mejor de todo es que, aun con todos esos atributos, el próximo año ganarán.